
Después de Argentina, Chile es el segundo país en índices de lectoría de Latinoamérica. Un dato que además de dejar con la boca abierta a todos los que dábamos por hecho que en Chile no se lee mucho, tal como lo indican estudios del MINEDUC y el CNCA, nos deja entrever una realidad muy lamentable de nuestra idiosincrasia criolla.
Chile, país de arraigambre centralista y autoritaria, heredero de una forma prusiana de construir su institucionalidad es develado por un estudio de la UNESCO, como un país que tiene mayoritariamente lectores por obligación y compromiso. Quienes leen lo hacen en las aulas de clase o en el trabajo. La tendencia de leer en la casa es cada vez menor y es sobrepasada largamente por países como Argentina y Brasil, esto lo reflejan los datos de esta institución: Mientras argentinos y brasileños leen por placer llegan en proporción de un 70 y 47 por ciento respectivamente en Chile apenas hay un magro 7%.
Culpar al impuesto al libro sería una explicación facilista, dado que ello no explica por sí sólo el que los chilenos y chilenas se desmotiven a tomar un libro y sumergirse en mundos que abren mentes y caminos interiores. La razón quizás pase por las lecturas obligatorias de los colegios.
En el caso de los colegios públicos los profesores no cuentan con la libertad de poner los libros que estimen realmente convenientes para estimular y motivar las ganas de leer de sus alumnos. No se puede continuar metiendo a la fuerza a Papelucho, Sandocán o El Principito en un contexto social muy diferente. Para qué van a querer leer esos libros los niños actuales, si jugando Medalla de Honor alcanzan mucha más acción y aventuras que en ellos.
Quizás haya que ampliar el espectro de lecturas en los colegios, hacerlas más participativas y abrirse a la posibilidad de autores que no siempre son reconocidos por el MINEDUC. ¿Qué objeto tiene leer a Julio Werne con esa amalgama de industrialismo futurista victoriano y hasta semi fascista? La Sci Fi ya se superó hace rato, y si queremos que los niños lean los ejemplos están. Una nueva generación de lectores por gusto necesita historias contemporáneas y reinventadas, sonará muy comercial pero hay que meter a Harry Potter en los colegios sin asco alguno, La Brújula Dorada con sus cosas steampunk y los autores chilenos de temas diversos y atingentes a los niños y jóvenes, como Francisco Ortega y sus historias Urcónicas, María Teresa Ruíz y sus pedagógicas explicaciones de las grandes preguntas fundamentales del universo y sus misterios, Baradit y su delirante reinvención del imaginario social chileno con libros como Policía del Karma y la novela heróica adolescente Kalfucura o La endemoniada de Santiago de Raimundo Zisternas, un libro que además de ser un registro histórico es la meca del terror psicológico de época en nuestro país.
Todo ello para generar una generación o re-generación de lectores por gusto y no por por imposición. Al final la imposición de textos es tan nociva como la imposición de un gravamen de 19% sobre el precio de los libros.
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